
Hace una semana, mi hermano me regalo como anticipo para el día de reyes, una entrada para el concierto de, uno de los artistas que, posiblemente más haya marcado a varias generaciones, se trataba de Loquillo.
El cual hacía un repaso de sus treinta años de estar en el panorama musical. Con su habitual chulería y elegancia, mezclando el glamour y el rock´n´roll, empezó el concierto tocando, o mejor dicho cantando, temas de sus comienzos, cuando eran Loquillo y los Intocables, y por supuesto de Loquillo y los Trogloditas.
Una vez, puesto en ambiente al público, pasó a cantar temas de sus últimos discos, alguno desconocido para mí. Lo que dejo a la gente un poco fría.
Como anécdota, dejo su patente al pedirle al guardia de seguridad, que se retirase, pues “en mis conciertos no admito a nadie con porras y esposas”.
Después de un breve descanso, regreso a los temas que en su día le hicieron popular, que fueron los temas que movieron a la gente en general, incluyendo como invitado especial, al que fuera su compañero y compositor de algunos de sus temas: Sabino Méndez.
El concierto acabó como tenia que acabar, con lo que más que una canción es un himno, un tema que a pesar del tiempo aun pone los pelos de punta, se trata como no de Cadillac Solitario.
Fue un regalo único, irrepetible y original.

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